Chechu Álava: «En pintura no hay verdades y eso permite un aprendizaje permanente»
La avilesina profundiza en su pasión por lo pictórico en «Los placeres y los días», su segunda individual en la galería Espacio Líquido de Gijón
Gijón, J. C. GEA
Hace tres años, la pintora avilesina Chechu Álava (Piedras Blancas, 1973) inauguraba en Espacio Líquido su primera individual en Gijón bajo un título de resonancias extrapictóricas: «La vida breve». Si entonces era el halo de Onetti -y quizá también el de Manuel de Falla- el que impregnaba su sorprendente y apasionada declaración de fe en la pintura, ahora es el nombre de Marcel Proust el que gravita sobre la nueva selección de trabajos que Álava presenta en la galería gijonesa. Recuperando el título de la miscelánea de textos que el escritor francés reunió como «Los placeres y los días» en 1894, la pintora presenta una muestra igualmente miscelánea que guarda de su exposición anterior (y toma del libro de Proust) la doble apertura hacia lo autobiográfico y hacia otras disciplinas artísticas como fuente de las epifanías que alimentan su obra, y mantiene -reafirmada, profundizada y madurada- idéntica entrega a la pintura.
La autobiografía está presente en una de las series, un conjunto de pequeños dibujos concebidos con la misma inmediatez y frescura de la que hacía gala su pintura anterior. Apoyándose en fotografías de la vida cotidiana que reflejan situaciones en distintos escenarios y con distintas personas, Chechu Álava fue dibujando pequeñas escenas que en principio querían ser bocetos para pinturas. «Estaban por ahí tiradas hasta que me di cuenta de que tenían peso propio. Muchas de ellas no tenían sentido como pinturas, pero sí en este formato», cuenta la pintora.
Sin embargo, el grueso de la exposición está constituido por pinturas en las que Chechu Álava ha depositado todos sus aprendizajes y experiencias intrapictóricas de estos años. «Antes hacía una pintura más gestual, más rápida, casi una acuarela gigante que, o salía en el momento, o había que tirar. También se apoyaba mucho más en la fotografía. Ahora quiero una pintura que se parezca cada vez más a la propia pintura. He estado buceando en el XIX y hacia atrás, y me interesa una pintura de fuego lento, trabajada capa a capa, meditativa y lenta», resume.
En esa labor pausada se extracta una convicción de fondo, a la vez vital y artística: «La pintura es un germen de algo para toda la vida», asegura la pintora, a quien no le interesa «en absoluto ser moderna, dejar rasgos de este tiempo, hacer periodismo con el arte, como mucha gente hace ahora», sino ahondar «en la intemporalidad y en el misterio de la pintura». Un misterio de doble cara que se manifiesta, en primera instancia, en un aspecto técnico transformado en un proyecto vital de largo aliento: «El misterio está en que en la pintura no encuentras verdades como puños, y eso te permite un aprendizaje permanente. Me encanta saber que no sé dónde voy a estar en un par de años, aunque sé que estaré pintando», explica Chechu Álava.
El otro misterio, mucho más imprecisable y transversal, tiene que ver con el modo en el que los acontecimientos que preceden en la vida cotidiana al acto de pintar -las vivencias propias, las lecturas, la música, el cine- se transforman en algo que deja atrás la anécdota que los suscitó y se convierten en pura pintura. No importa si en la base de lo que Chechu Álava pinta están Tolstoi, la «Condesa de Chinchón» de Goya o la fragilidad de Melania Hamilton bajando una escalera en «Lo que el viento se llevó»: «Lo importante es que son cosas que me piden ser pintadas, pero que luego dejan de ser lo que fueron. Como pintora, siempre estoy buscando ese momento mágico en el que llegas a una empatía con la imagen», confiesa.
Todo ello la aleja cada vez más de una pintura narrativa -«o ilustrativa, que es lo que jamás debe ser la pintura»- y la empuja a una incorporación de elementos de la tradición y del momento en la que se resume la voluntad de Chechu Álava de no renunciar a nada de lo que pueda arrancar de sus antecesores. «Creo que también hay en lo que hago una reflexión sobre la abstracción y figuración. Me interesa todo: por una parte, la emoción formal que entra por los sentidos, como entra la música, y también una imagen reconocible que permita al espectador moverse por sí mismo en el cuadro, buscar su propia historia».
Eso se puede plasmar en un paisaje sin figuras que es casi puro clima, en un retrato de una amiga o de su novio, en la imagen de Cat Power después de un concierto particularmente impresionante para la pintora o en un retrato de una joven inexistente que evoca poderosamente, sin mimetismos, a la goyesca condesa de Chinchón. Pero en todos los casos, en una pintura embebida en sí misma, laboriosa, que, sin embargo, llega al espectador de manera simétrica al modo en que tuvo de nacer: con absoluta inmediatez, ligera como una epifanía.
Completa la exposición un vídeo que capitula en otro lenguaje la idea de Chechu Álava de que «la pintura es una manera de vivir». «Plein air» («Aire libre») nació de la sugerencia de una amiga de la pintora, la también artista Rita Fischer, para participar en Francia en una colectiva titulada «Liberté, Egalité, Fraternité». Sus cinco minutos muestran a Álava y Fischer pintando en algunos escenarios vinculados a los acontecimientos de la Revolución Francesa o a los inicios de la pintura del natural francesa -Fontainebleau, Barbizon- en un ejercicio que funde, una vez más, la vida privada, la biografía y la pintura, y además el lema revolucionario, porque, precisa Álava, «como dirían algunas feministas, todo lo privado es político, y también lo es la pintura, como búsqueda de respuestas».